jueves 26 de marzo de 2009

El Debate Ausente. Frei, Piñera y la Crisis Económica

La palabra “debate” viene de los verbos latinos batuo o batuere que expresan la acción de golpear repetidamente algo, con cierta fuerza, pero con la suavidad necesaria como para no dañarlo irreversiblemente. En el plano político esto se traduciría en el acto de batirse en un duelo de ideas, de darse guantazos dialécticos en tal medida que los oponentes sobrevivan pese a las magulladuras. Sin embargo, la mayoría de los debates en política se rigen más bien por la lógica de batir un par de huevos, donde la finalidad misma de las maniobras consiste en producir una mezcla que disuelve la diferencia originaria. Esto último quiere decir que hay debates que son puro simulacro, escenificación engañosa de jabs o ganchos de izquierda, para hacernos creer que estamos antes dos púgiles en franca rivalidad. Son debates que vienen a completar la programación televisiva como un aderezo de los realitys o las telenovelas, y que se esfuman en la intrascendencia del ocio hogareño cuando el espectador - enganchado a su control remoto- aprieta el botón de “Off”. Entonces, se acabó, ya no queda nada.
En estos días se dice en Chile que el debate presidencial entre Frei y Piñera va a ser uno de los más intensos y apasionantes del período democrático. Como siempre, las encuestas promueven una imagen de lo que está en juego como si fuese una carrera de 400 metros planos, en la que las figuras políticas corren con una velocidad de infarto en vistas al triunfo electoral. Pero, ¿a qué viene toda esta competitividad? ¿Cuál es la naturaleza de estas pasiones desatadas que temperan el supuesto debate nacional? ¿Realmente esta sed de victoria tiene algo que ver con la conquista de algún beneficio para la sociedad? La conclusión más desoladora sería que los velocistas corren solamente por ellos mismos y los suyos (que son solamente unos cuantos que viajan sobre sus hombros). El pánico de la Concertación a ser desalojados de las acogedoras habitaciones del empleo público, la ansiedad desmesurada de Piñera por adquirir la última empresa de su colección privada. Todas estas pasiones egoístas y mezquinas probablemente animen el debate presidencial. En un contexto así, todo está servido para la espectacularización bochornosa de la demagogia barata, la polémica frívola que prescinde de lo ideológico.
Pero lo real se las ingenia una y otra vez para golpear las puertas sordas de nuestros líderes políticos. Esta vez, eso sí, el asunto amenaza no solamente con batir las puertas de la casa, sino sus propios pilares. Para entenderlo hay que considerar la actual crisis de la economía planetaria y la singularidad con que ésta puede impactar en Chile. No se trata de una crisis cualquiera del orden capitalista; la amplitud global y la velocidad del proceso de descomposición de las principales economías del mundo ha puesto en evidencia las insuficiencias, contradicciones y arbitrariedades de un modelo que hasta hace pocos meses se expandía como la supuesta expresión de la mejor forma de sociedad posible. De hecho, así lo enseñó y proclamó durante décadas el FMI o el Banco Mundial.
Hoy observamos cómo el gran dogmatismo del liberalismo económico: la afirmación de que no existe ni debe existir un soberano económico porque contaríamos con una mano invisible que regularía armónicamente los intereses del homo oeconomicus, se ha convertido en una maldición de la cual los gobiernos pretenden huir en la búsqueda desesperada de un punto incierto en donde pueda ejercerse algún mínimo control sobre un mercado desbocado. El radicalismo neoliberal pasa por sus horas más bajas y guarda un silencio inquietante frente a las políticas que se han implementado recientemente en EEUU y Europa y que contradicen sus tesis más elementales, es decir, ante la nacionalización progresiva o solapada de la banca, las estrategias de macro-inversión pública, etcétera.
La crisis aterrizará en Chile con toda su crudeza seguramente durante este año, en un país donde la ortodoxia neoliberal ha tenido su arcadia soñada. Aquí Friedman y sus acólitos ensayaron todas las fórmulas que luego las administraciones de Reagan y Thatcher implantaron en EEUU y Gran Bretaña durante la década del 80. En este último rincón del planeta, la rabiosa fe en el poder absoluto del mercado, nació en medio de violaciones a los derechos humanos y privatizaciones espurias, y aún se propaga entre la mayoría de nuestros políticos como una especie de religión del sentido común. Desde esta perspectiva, me pregunto: ¿están dadas las condiciones en Chile para abrir de un modo significativo –y con los actores principales de la campaña: Frei y Piñera- un debate sobre la crisis del capitalismo neoliberal?
No puede ser sino paradójico y deprimente –si uno hace caso de las encuestas- que en medio de este escenario actual, Chile avance en la dirección de elegir a un empresario como Presidente de la República. Un hombre que encarna la arbitrariedad de los éxitos del neoliberalismo nacional aparece como la opción de liderazgo en un país consumido desde hace años por las inequidades del modelo económico y que ahora, como por si fuera poco, tendrá que encarar las vicisitudes del colapso catastrófico de la forma de capitalismo dominante. Si Chile fue la cobaya del experimento neoliberal de la Escuela de Chicago en los setenta, con Piñera apropiándose de La Moneda en 2010 puede convertirse en el epílogo dramático de una racionalidad económica agonizante.
Ante este panorama inquietante, el único candidato que parece ser un rival para Piñera: Eduardo Frei, tendrá que decidir si acepta el juego simplista del debate hecho simulacro o si apuesta por abrir espacio a un debate audaz y sin contemplaciones. Esto último significaría depurar la opción concertacionista de toda la doctrina neoliberal que durante los últimos años la ha atravesado y, en consecuencia, elaborar un discurso que reivindique la importancia de lo público como un contrapoder ciudadano ante la debacle de la economía global. En cualquier caso, quizás sea ingenuo pensar que a estas alturas del partido, en los minutos de descuento, la Concertación pueda tener la lucidez de entender que la ausencia de una transición económica en el proceso de transición democrática (una transición hacia una racionalidad económica contraria al neoliberalismo) ha sido una de las causas principales de su agotamiento como alternativa política.
Hace ya mucho tiempo que los partidos concertacionistas vienen sufriendo la ausencia de un discurso aglutinador que les diferencie sustantivamente de las posiciones de la derecha. Por eso se recurre fácilmente a la demagogia comunicacional para situar en la superficie un debate que debería estar en el orden profundo de lo ideológico. Frei probablemente caerá en este error, recordándonos la vida empresarial de Piñera o la existencia de compañeros de viaje pinochetistas. Sin duda son cuestiones nefastas del personaje, pero no representan un ámbito a partir del cual construir una alternativa esperanzadora de gobierno ni tampoco un discurso ordenador que le permita a la Concertación sobrevivir como oposición en una eventual presidencia de Piñera. Dos cuestiones: ser gobierno u oposición, en las cuales debería pensarse más seriamente. Esto, claro está, en el caso de que aquí interese el país y no meramente la pérdida del poder.
Una de las dificultades principales de Chile tiene que ver con la ausencia de una alternativa política real que se posicione en una perspectiva crítica frente al dogmatismo neoliberal. Un problema que la propia crisis económica planetaria se encargará de conducir hacia consecuencias desastrosas. En tal sentido, el futuro augura una radicalización en las contradicciones y desigualdades del sistema económico, y el peor de los escenarios posibles: un gobierno que intentará utilizar las recetas neoliberales para resolver la devastación que el propio neoliberalismo ha producido. En un universo así, en que parece que todas las ideologías y los proyectos políticos duermen una siesta infame, la desesperación popular tarde o temprano caerá en brazos de opciones populistas todavía más peligrosas.
Pero, ¿qué ocurriría si por algún extraño milagro los opositores de Piñera hicieran la opción por el debate verdadero? ¿Cómo podría ser posible transmitir a un electorado, que ha sido acostumbrado a la simplicidad de los mensajes, un discurso más complejo y crítico? Éste, sin duda, es el problema final y más preocupante: ¿hay realmente alguien allá fuera dispuesto a escuchar un debate en que las ideas tienen el rol protagónico? ¿Existe todavía una ciudadanía abierta a problematizar la sociedad en que viven de un modo radical? Ciertamente no lo sabemos y, entre otras razones, porque nuestra clase política ha jugado el juego de promover esta invisibilización de la gente. Seguramente el día de mañana lo descubramos cuando algún liderazgo con sentido despierte la participación democrática, en la irrupción sorpresiva y extrema del malestar popular, o en la duración indefinida del silencio de las masas. Mientras tanto, los cínicos y los miserables intentarán satisfacer sus ambiciones personales de-batiendo como quien bate un par de huevos.

martes 10 de febrero de 2009

Frei y la sagacidad política de la tortuga



El problema principal de llegar tarde, por ejemplo a una invitación a cenar, consiste en que de alguna manera te haces más presente que nunca, dando pie a que aquellos que te esperan hablen de ti y no necesariamente de la mejor manera. De esto habría que sacar alguna lección. Sin embargo, hay personas para las cuales el retraso es una forma de vida, un modo de existir al margen de la puntualidad y sin el más mínimo remordimiento. Eduardo Frei pertenece a esta singular tipología psicológica, que pudiendo permanecer en lo anecdótico se convierte en algo catastrófico cuando se combina con el quehacer político.
De hecho, hace unos días, Frei realizó una visita a España, con el propósito de entrevistarse con las máximas autoridades del país europeo, pero curiosamente llegó tarde. En efecto, luego de administrar –sin mayores modificaciones- el modelo neoliberal chileno durante seis años de presidencia, el candidato de la concertación hoy se interesa por el modelo español y la fortaleza que en éste aún posee el Estado de bienestar. Sin duda es una lástima que no haya tenido el mismo interés a principios de los años noventa cuando existía la posibilidad de frenar la depredación privatizadora del país. Si hubiese llegado a la hora en dicha ocasión tal vez habría descubierto, por ejemplo, que ya en esa época funcionaba en muchas capitales europeas un sistema público de transporte urbano y, como consecuencia de ello, lo habría implementado en Chile entre 1994 y el 2000. Ese sistema que precisamente luego, siendo ya ex – presidente, y en medio del drama social del Transantiago, propuso y defendió. Sin duda algo muy meritorio, pero escandalosamente impuntual.
Me siento tentado a suponer que Frei es un hombre de ideas remolonas, ocurrente en la distancia corta, ingenioso cuando la conversación se acabó y todo el mundo se fue para su casa. Esto explicaría que se haya enterado a última hora de que España era un buen modelo de sociedad para mirar y tener presente al momento de gobernar. Ahora dice buscar en el gobierno español ideas para enfrentar la crisis, cuando éste y toda la clase política hispana se sumerge actualmente en la más absoluta perplejidad sobre qué hacer en el ámbito económico. No se trata del mejor momento para obtener alguna buena idea, el tiempo de la creatividad estimulante ya pasó. No obstante, Frei tiene la virtud o el defecto de ser testarudo y esto no le ha convencido. Quiso llevarse alguna idea novedosa de su gira por España fuese como fuese. Entonces descubrió, como si se tratara de Colón llegando a América en pleno siglo XXI, que resulta preciso invertir en energías renovables y efectuó una visita instructiva a las instalaciones que existen sobre la materia en Toledo. La ecología, entonces, ha caído desde el cielo sobre él y ahora le parece un asunto decisivo de preocupación política. Quizás incluso se diga a sí mismo en sus momentos de intimidad: “Eduardo, por qué no se te ocurrió antes…” Así debe hablar a solas como un Al Gore trasnochado que ya ni se recuerda de sus juergas aniquiladoras del medio ambiente, de esa embriaguez gubernamental que fue la central hidroeléctrica de Ralco.
Alguien quizás piense que esta lentitud de reacción, esta sagacidad política de tortuga, se podría explicar por el paso de los años y que, al fin y al cabo, son cosas lamentables de la edad. Pero Eduardo Frei no es un anciano y la verdad es que viene llegando tarde a todo desde hace mucho tiempo. No solamente cuando entiende con quince años de retraso que lo que Chile necesita es una nueva constitución (o dieciséis porque la nueva carta magna sería para 2010), o cuando descubre que en sus seis años de presidencia se cavaron todos los subterráneos posibles de la corrupción dentro del aparato estatal. El senador Frei ha llegado tarde incluso al encuentro consigo mismo y con su propio liderazgo político.
Los analistas así nos lo han hecho ver. El Frei de hoy en día se ha convertido en una persona jovial, menos templada en su discurso y más arriesgada en sus afirmaciones. Como candidato resulta un poco más creíble en 2009 que el año 93 cuando era solamente el heredero de un apellido, un nombre que a la inercia de las masas resultaba familiar. No podía ser de otra manera, en un escenario donde su adversario político llevaba otro apellido atávico (Alessandri), cuando todo parecía un enorme déjà-vu colectivo y nadie estaba en condiciones de ponerse a pensar en el liderazgo y la capacidad de Frei. De hecho no los tenía y así lo demostró durante su gobierno. Pero el tiempo ha pasado, la infancia presidencial ha quedado en el recuerdo y la madurez por fin ha llegado. Un hombre calmado, como Frei, necesita muchos años para aprender las cosas más elementales, vive procesos de gestación larguísimos y se reconvierte más tarde que temprano en ese líder que nunca fue.
Lamentablemente el contexto ya no le favorece. La sociedad chilena hoy en día se hunde en un océano de escepticismo respecto a los políticos y, de manera especial, en lo que se refiere a los representantes de la concertación. Los buses del Transantiago nunca llegaron a tiempo a sus paradas y la propia coalición de gobierno tampoco lo hizo con las suyas. Demasiado retraso y un excesivo abandono de lo socialmente importante durante diecinueve años. “Frei Ahora” (ese era el lema de su campaña como senador en 1989) trata de recuperar el abundante tiempo perdido, realizar las tareas del lunes que el alumno dejó para el domingo en la noche. Sin duda lo tiene muy difícil para arreglar este desaguisado porque, para colmo de males, Piñera encarna la viveza del empresario que invierte en bolsa y no suele equivocarse, esa rapidez del momento oportuno que Frei jamás poseyó. El dilema, entonces, parece evidente. Por una parte, la velocidad trepidante de la gestión neoliberal y, por otro lado, la lentitud abúlica de la administración inofensiva del modelo. Así puestas las cosas parece que alguien ya ganó hace bastantes años atrás y que Frei llega una vez más excesivamente tarde.


(Publicado en El Ciudadano el día 09 de Febrero de 2009:


martes 20 de enero de 2009

El Aznarismo de Piñera


Para poder ser exitoso en el mundo de los negocios hoy en día se requieren habilidades especiales. En cierto sentido, hay que saber ser empresario de uno mismo, aprender a adaptarse a los ambientes nuevos u hostiles, ser flexible y abierto al cambio cuando el mercado lo reclama, eficiente en el arte de camuflarse y atacar por sorpresa si es que se trata de sobrevivir en la selva de la especulación económica. Todas estas facultades las posee Sebastián Piñera y es lo que explica, entre otras cosas, que él haya sido muchas personas a lo largo de su vida política y empresarial. Ha tenido tantos rostros, ha sufrido tantas muertes y resurrecciones que resulta forzoso preguntarse en qué se ha convertido finalmente.
Primero: buen hijo de una familia democratacristiana; más tarde: independiente que apoyaba el “no” en el plebiscito de 1988. Luego, generalísimo de Hernán Büchi -el delfín del pinochetismo- y después víctima preferida de las conspiraciones internas de la derecha. Fue precandidato presidencial de una convulsa Renovación Nacional en los noventa, y ahora es el líder indiscutido de la Alianza. También fue el fallido Senador por la Quinta Región que es proclamado, jaloneado y finalmente sacrificado por los suyos. Ha sido accionista de Colo-Colo, aunque simpatizante de la Universidad Católica; empresario comunicacional y dueño de algunos de los capitales más importantes del país. De igual modo ha destacado como colaborador entusiasta de cuanto programa de televisión solicitase sus servicios. Podía ser para una entrevista, para un sketch humorístico o para que se disfrazase de mendigo y paseara anónimamente por Santiago. Nunca una negativa, Sebastián siempre estuvo dispuesto a todo. De hecho, han sido tantas sus actividades en las últimas décadas que uno se pregunta cómo ha tenido tiempo para vivir todas estas vidas y, además, convertirse en millonario y ser el presidenciable con más opciones…Sin duda que ha sido extenuante y ello tiene su mérito.
Pero hay un problema: una cierta confusión lo atrapa a uno a la hora de imaginarse qué Piñera sería el Presidente de Chile. La verdad es que podría esperarse cualquier cosa. Por eso es útil que aparezca alguien que ya no tiene nada que ganar ni perder, un cara dura profesional con aspiraciones de conferenciante internacional, para dilucidar el asunto y mostrarnos quién es el candidato Piñera. Me refiero al ex presidente del gobierno español: José María Aznar. Su visita a Chile en los últimos días y su apoyo al líder de la Alianza han sido de lo más instructivo.
Porque Aznar es un político que viene de vuelta de todo. Ya ganó lo que podía ganar y ahora se dedica con más o menos resentimiento a saldar cuentas con sus enemigos y capitalizar económicamente su retiro de la política activa. Este contexto lo ha hecho transparente en sus opiniones, a tal punto que parece haber perdido la vergüenza y toda prudencia elemental. No tiene problema en criticar la elección de Obama, felicitar a Israel por su reciente invasión a Gaza, cuestionar la veracidad del cambio climático o señalar al Islam como el principal peligro de Occidente. Es decir, ejerce con total comodidad y franqueza como representante mundial de las posiciones más reaccionarias y ultraderechistas. Pero hubo un tiempo en que Aznar era otro, cuando vendía la receta de ser un hombre de centro, abierto a los pactos con los distintos sectores de la realidad política plural de España. Luego se convirtió en presidente y vino lo que sabemos: la acentuación de sus gestos autoritarios, su empeño en negar la diversidad identitaria de su país, su ascensión a esbirro de Bush y portavoz tejano del discurso de las armas de destrucción masiva, etcétera. De este modo, poco a poco, Aznar terminó mostrando lo que es y lo que piensa. Es de agradecer, aunque ello siempre ocurra cuando las fiebres electorales han desaparecido dando paso a la salud gozosa del poder.
¿Ocurrirá algo similar con el candidato Piñera? Cuando Aznar afirma que le gustaría regresar a Chile y abrazar al nuevo Presidente Piñera tal vez nos esté dando la más sincera de las respuestas. Los rostros, las máscaras y las contorsiones que exige la conquista del poder a veces resultan agotadoras. Son años de ir de aquí para allá haciéndose el simpático y tratando de salir ileso frente a cientos de deslealtades y zancadillas. Pero una vez sentado en el sillón, uno puede dejar salir el Aznar que lleva dentro. El Mr. Hyde totalitario que siempre estuvo allí durmiendo la siesta de la hipocresía mediática. Porque en definitivas cuentas habría que preguntarse si efectivamente existe algo así como una derecha moderada, un “fascismo light”.
No intento con esto que digo asustar a nadie, ni mucho menos repetir una vez más la extorsión típica de la Concertación: “es mejor diablo conocido que diablo por conocer”. Además, cabe recordar que el propio partido del actual candidato Frei (otro que ha sufrido distintas mutaciones en su carrera política…) siempre tuvo en alta estima el proyecto político de Aznar y su apuesta por construir un eje liberal entre la democracia cristiana y una derecha pseudo renovada. El problema que quiero subrayar es el del travestismo de nuestros liderazgos políticos y la ausencia de una alternativa real ante los Piñera o los Frei 98, XP o Vista. Ciertamente Chile elegirá un presidente, pero nadie sabe a ciencia cierta en qué se transformará.


(Publicado en El Ciudadano el 14 de enero de 2009:

sábado 17 de enero de 2009

Barney y el final estúpido de la estupidez americana


Barney es el nombre del perro del Presidente de los Estados Unidos. Esto que digo no pretende ser una broma o un juego de palabras. Efectivamente se trata del perro más famoso del planeta en nuestra actualidad. ¿Cómo este scottish terrier de tan sólo cinco años de edad ha logrado estar presente, por lo menos una vez al año, en prácticamente la totalidad de los noticiarios del planeta? Pues muy sencillo: ha sido gracias al protagonismo que George W. Bush le ha permitido tener en diversas ocasiones como un emblema mediático de su presidencia. La última de ellas ha sido el video de un saludo de navidad en que el juguetón Barney se pasea por la Casa Blanca mostrándonos sus rincones y el decorado típico de estas fiestas que engalana la célebre residencia de Washington. Algunos pensaran que esto representa solamente una broma, una humorada muy al estilo americano que no reclama mayor atención.
Sin embargo, cuando descubro que Barney posee incluso una página especial dentro de la web de la Casa Blanca (
http://www.whitehouse.gov/barney/# ), en la que entre otras cosas responde preguntas de los internautas, no soy capaz de resistir la tentación de pensar que este perro simboliza algo más que una mera anécdota. Especialmente cuando el saludo navideño de Barney ha coincidido con otro episodio canino: el doble lanzamiento de zapatos, a grito de “perro”, sobre el Presidente Bush. Propongo, entonces, interpretar ambos sucesos como elementos de una misma descomposición de la política que reduce todo a chapuza y vulgaridad.
En efecto, la administración de Bush ha sido desde sus inicios una suerte de rebelión de la imbecilidad contra la inteligencia o cualquier asomo de profundidad en el análisis político. Bush, con su rostro siempre vacío de cualquier sutiliza intelectual, se ha convertido en el paladín del individuo mediocre que concibe el mundo con la simplicidad de una mascota que persigue un hueso (como Barney, que seguramente ve el mundo sólo en blanco y negro). Podría decir que es como ese chico que en la fiesta de adolescentes hace la gracia de arrojar el eructo más sonoro. Ese es su aporte, ese es su orgullo. Para prueba de todo esto están ahí las cientos de entrevistas y documentos fotográficos de estos últimos ocho años en que el presidente saliente de los EEUU ha sabido mostrar con gran claridad su superficialidad y absoluta falta de competencia.
Pero toda calamidad tiene siempre un final y Bush, por suerte, ha comenzado a cerrar la funesta página que ha escrito en la historia. En este contexto, su despedida no ha podido ser ajena al estilo de su gestión. En Irak, centro mismo de la infamia de sus políticas, ha sido arrojado al baúl del pasado al son de un “zapateo islámico”. Los propios medios de comunicación que alguna vez lo encumbraron, ahora con cinismo lo desprecian y le dan la espalda seducidos por el nuevo estilo que augura la futura presidencia de Obama. Hablan del “Kennedy negro” y comparan a Michelle Obama con Jackie Kennedy. A Barney ya no le queda más que ser objeto de burla.
La mención aquí a los Kennedy resulta interesante. Recuerdo hace poco haber visto un documental sobre la remodelación que Jackie realizó de la Casa Blanca a principios de los años sesenta. Allí aparecían imágenes de la esposa del presidente, que fueron transmitidas por la televisión de la época (entonces no había Barneys), enseñando las diversas salas de la mansión presidencial. Una decoración magnífica, con un cierto aire de nobleza, donde se resumía de algún modo la historia de los Estados Unidos. Todo exudando una belleza magnífica, sin imperfecciones, como el propio peinado de Jackie ajeno a las leyes de la gravedad. Ese mundo sin fisuras, esa realidad escenográfica, como sabemos, concluye en Dallas y encuentra su consumación espectacular en la imagen del vestido de Jackie manchado por la materia encefálica de su esposo. Después de ese drama vino la ficción, el relato de lo que nunca fue y la construcción del mito.
George W. Bush, por su parte, pertenece a una época muy diferente a la de los Kennedy. Un tiempo que lo devora todo en la frivolidad sin trascendencia de lo trivial. Desde esa perspectiva, Bush encarna algunos de los valores más característicos de nuestras sociedades contemporáneas. La promoción del individuo común, el culto a la ignorancia, un conservadurismo moral y bélico, etcétera. Ciertamente, él también ha tenido una muerte política, pero no ha sido un magnicidio ni mucho menos. No ha existido dignidad alguna en el desenlace, ni heroísmo con resonancia mediática. Su asesinato, a manos de un zapato, ha sido zafio, un material tosco para proveer de contenido las parodias en Internet o los late shows de las cadenas televisivas. No todo es culpa del propio Bush, también habría que decir. Estamos en una época donde los dioses y los héroes nacen y se esfuman en la insignificancia de las pantallas televisivas. Quizás ahí, en último término, exista un futuro para Barney. Un show de tonterías y chistes en que nos enseñe cómo agacharnos cuando alguien nos tira un zapato.


(Publicado el 28 de diciembre de 2008 en El Ciudadano: